LA SOCIEDAD HELENÍSTICA


       Consecuencia del desarrollo económico ya citado, la sociedad helenística presentó una gran diferenciación de clases sociales -otro rasgo que la asemeja a las sociedades actuales- . Al aumentar la riqueza, ésta quedó mal repartido, incrementándose el valor de las cosas sin que progresara el salario de las clases desheredadas. Pese a que raras individualidades intentaron resolver el agudo problema mediante acciones generosas, pero condenadas al fracaso por su carácter parcial, el aspecto general de la sociedad de los reinos helenísticos fue el de un hondo abismo entre una minoría -comerciantes, industriales, políticos, militares- fabulosamente enriquecida y un vasto proletariado obligado a contraer deudas para subsistir y a ofrecer su trabajo por las migajas que se le otorgaban como favor especial. También pudo constituir un antecedente de lo que se verá más tarde en el Imperio Romano el esfuerzo de pretender paliar esta situación mediante generosos repartos de granos a bajo precio o de la celebración de espectáculos públicos gratuitos a lo que en Roma se llamará la plebe.

       Sin embargo, al lado de este aspecto negativo, hay que citar algunos beneficios de la nueva sociedad. En primer lugar, el grado de ciudadanía no era negado a nadie, como acontecía en la Atenas clásica con los extranjeros; la mujer adquirió un mayor realce en la vida de sociedad, dejando de permanecer oscuramente en sus "gineceos" como había acontecido en las "poleis" griegas, y las relaciones entre las ciudades dejaron de tener el carácter agresivo que había sido norma común en la Grecia clásica, lo cual estaba en la línea del cosmopolitismo ya aludido. Todo esto constituyó un síntoma de los que ocurriría después en el Imperio Romano y que éste trasmitió al mundo actual. Otro problema quedó sin resolver en el mundo helenístico; el de los esclavos, que continuaron formando una clase numerosa y desdichada, aunque el número de manumisiones fue mucho mayor que en Grecia y, sobre todo, que en los brutales imperios orientales.

La religión en esta época.

       Un rasgo bien definido de las religiones orientales -y aun de la misma Grecia- fue su carencia de dogmatismo y de intolerancia; el principio de que cada pueblo podía practicar libremente su religión y que no era lícito mezclarse en la religión de los demás pueblos hubo de ser constante en todos los politeísmos orientales -y en el griego- , e incluso en el monoteísmo hebraico, como se ha visto al tratar de él. Como es lógico, al producirse el gran imperio alejandrino, la idea de tolerancia subsistió y hasta llegó al extremo de formar curiosos sincretismos, es decir, unificación de ritos y cultos e incluso identificación de divinidades, cuyo ejemplo más característico fue el ya citado Zeus con Amón en Egipto.
       No existió, pues, en el período helenístico ninguna manifestación de lucha religiosa, como abundará en tiempos posteriores, y los pueblos que formaron aquel vasto conglomerado no sólo continuaron practicando sus cultos, sino que aceptaron de buen grado otros procedentes de países distintos. Así, se tuvo, por ejemplo, el culto a Isis, los misterios de Atis y Cibeles, el culto al griego Dionisios y a las divinidades misteriosas de Eleusis; incluso se llegó, como se ha apuntado ya, a la helenización del culto de Jahvé, aunque ésta tropezara con una secta fanática encabezada por los Macabeos.
      Otra característica de la religión de la época helenística fue constituida por una vaga difusión del principio monoteísta, que no procedió ciertamente de los hebreos, sino de las concepciones filosóficas divulgadas por los griegos, con reminiscencias de egipcios y de persas -de Atón y de Ahura Mazda-. Pero lo que sobre todo distinguió a este período fue la preocupación por el más allá que trajo como consecuencia cultos místicos y de salvación futura.

       Ya no se trataba solamente, como en la Grecia clásica, de reverenciar al Panteón local, formado por una serie de dioses, en los que creían, pero sobre los que a menudo se mostraban escépticos los griegos clásicos. Ahora se buscaba con afán una existencia sobrenatural al quehacer diario en la diosa Tykhe (la Fortuna), y, especialmente en la vida futura, en lo que ejercieron gran influjo los cultos mágicos orientales, basados en la astronomía que había sido ignorada por los griegos clásicos a excepción de sus filósofos. Ya no era la "polis" el centro de la vida espiritual y religiosa del hombre; al abrirse a una relación internacional cosmopolita el hombre quedó solo e indefenso y hubo que buscar por sus propios medios la solución a su problema personal. Tal fue la causa radical del éxito de los cultos misteriosos, propios solamente para los iniciados, de la "comunión" de fieles y también de una forma de "redención", buscada con ahínco por una gran parte de los habitantes del fabuloso mundo helenístico.
       Entre los cultos misteriosos continuaron gozando de gran aceptación los Eleusinos y los Orficos; pero como la iniciación de los neófitos era costosa y no accesible a la masa, se crearon otros más populares, pero basados en el mismo signo mágico y astrológico. El anhelo de salvación personal, de redención, de misterio, de monoteísmo, que ha quedado reseñado, preparó el camino del Cristianismo que dio cumplida satisfacción -y fue una de las bases históricas de su formidable desarrollo- a los millones de personas que esperaban ver resuelto su propio problema personal.

En el número siguiente: EL PENSAMIENTO HELENÍSTICO.



PORTADA